octubre 21, 2015

Así empezó todo...

Este blog nació en 2009 cuando cursaba el sexto semestre de Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales como parte de un proyecto de la asignatura Planeación y Organización de Empresas Editoriales.


Su finalidad era meramente difundir las notas que como estudiantes de Periodismo generábamos resultado de actividades asignadas entre clase y clase, sin embargo durante ese periodo se desató el virus de la Influenza AH1N1 que como recordarán nos mantuvo enclaustrados.


A manera de saber qué ocurría en el país y para no perdernos o volvernos locos los profesores de la asignatura nos encomendaron la tarea de monitorear lo que diversos medios decían respecto al tema.


El periódico Excélsior fue el medio que me dediqué a revisar durante los días que duró la contingencia es por ello que muchas de las entradas son notas íntegras del diario.

Luego de eso no volví a utilizar el espacio hasta hace algunos meses que decidí desempolvarlo pero no eliminar la información que ya estaba. 


Aprendiendo a distinguir

Nunca imaginé aceptar estar en un lugar por el simple hecho de que a simple vista me resultara atractivo, mágico. ¿A qué viene todo esto? Bien, como el destripador vayamos por partes. Corría la segunda mitad del 2010 cuando inicié la caótica búsqueda de una dependencia de gobierno para liberar mi Servicio Social (SS, ajá así como las escuadras de protección de la Alemania Nazi).


Cabe destacar que de enero a julio de ese mismo año me desempeñé como practicante en el periódico El Universal, periodo de gran aprendizaje pero que no podía ser tomado en cuenta como práctica integral comprometida con la sociedad.


En fin, para no hacerles largo el cuento, logré colocarme en el área de Comunicación Social de la Secretaría de Turismo. Al principio y como en todo fue un proceso de adaptación del cual salí bien librada (es más, a cinco años de eso podría decir que hasta extraño lo que ahí hacía).


El tiempo pasó y los seis meses se fueron como agua. ¡Bendito sea el Señor!, pensé. Nunca jamás tendré que contar horas en grupos de cuatro, ni pensar en reposición de tiempo, ni en reportes finales, ni en cruzar los dedos para que a la Secretaria no se le ocurriera tener comparecencia el día de mi cumpleaños, ni redactar boletines de prensa media hora antes de mi salida, ni nada por el estilo.


Pero la cosa no quedó ahí pues al poco tiempo de haberme librado del SS una de mis mejores amigas, a la cual conozco desde sexto de prepa, emprendió la búsqueda del que sería por seis meses su cárcel.


Acto seguido y con una lista de posibles lugares nos dimos a la tarea de acudir a la cita. Yo trataba de echarle porras, de decirle que a pesar de todo estaba padre y no se trataba de padecerlo. Jamás le pregunté si eso le había servido de algo. De lo que sí estoy segura es que la pasó de lujo, bueno eso creo.


El punto es que sin querer queriendo o con toda la alevosía del mundo fuimos a parar al Instituto Nacional de Desarrollo Social, ahí por los rumbos de Coyoacán.


Y, es justo en esta parte donde cobra sentido la primera parte de este texto. El lugar me pareció mágico, tranquilo y cualquier tipo de adjetivo buena onda que se les ocurra.


Por fortuna, mi amiga, a la que de ahora en adelante me dirigiré como M, logró colocarse en el Instituto y a días de haber iniciado ‘los juegos del hambre’ resultó que necesitaban a alguien más que estuviera dispuesto o necesitado, según como quiera verlo, a iniciar el SS.


De momento M no conocía a nadie que estuviera interesado en iniciar el proceso pero sí pensó en mí. Así que, como ella sabía de la liberación de mi servicio preguntó si servía alguien que fungiera como practicante. La respuesta fue sí.


Y así día con día nos reuníamos en punto específico para emprender el vuelo hacia el Instituto y cumplir con las cuatro horas reglamentarias que a decir verdad se nos iban como agua.


¿Cuáles eran nuestras actividades? Bah, eso de momento no es materia para esta entrada. Confórmense con saber que nos divertíamos por montones, que la gente ahí era muy buena onda, nos consentían, y demás.


Por supuesto que también llegó la promesa que a todo universitario en vías de terminar la licenciatura le emociona sobre manera. “Cuando termines veremos la manera de que haya un lugar para ti”, “te voy a promover para que te quedes con nosotros”, y todas sus variantes.


En nuestro caso no fue la excepción y aunque hubiera estado padrísimo, factores como las elecciones de 2012 mermaban un poco el proceso.


Aún así confieso que esa “promesa” me sirvió para meter velocidad a la redacción de mi tesis. Fue algo así como, “debe estar lista porque si entro a trabajar se me va a complicar”. Y sí, vaya que cuando uno sirve a dos amos con uno queda mal, pero esa es otra historia.


El punto es que, como bien dice un amigo ‘se me juntó la lavada con la planchada’. Después de algunos meses logré ponerle punto final a la tesis, obvio no se concretó lo del trabajo en el Instituto pero sí una chambita en otro sitio.


Y es ahí donde el “hubiera”, esa palabreja que todos o casi todos odiamos entra en acción. No tenía ni un mes de haber entrado a trabajar como reportera a una revista de Tecnología  cuando abrí mi correo y era un mensaje de Irmita, mi jefa en el Indesol, el cual decía que al fin y después de tanto tiempo podía contratarme.


El tiempo de decidir entre nieve de limón o de fresa había quedado atrás. Esto era más serio, se trataba de mi felicidad pero también de mi futuro, si es que el futuro existe, sin lugar a dudas era un asunto importante.


Por una parte estaba el regresar a mi zona de confort, al lugar que por ser bonito me hacía pasar un día agradable, al sitio en donde ya conocía a cada uno de los integrantes del equipo, a donde mi jefa me consentía, a ese lugar donde todo podía ser rosa si yo así lo hubiera querido.


Pero también se trataba de renunciar al más grande de mis sueños. Desde el día uno que pisé aquella redacción sabía que el camino no sería fácil, como no lo son la mayoría pero que con constancia y disciplina podía lograr un buen resultado. Debo admitir que no sabía si daría el ancho pero de haberme ido sin intentarlo no estoy segura.


Hoy puedo decir que tomé la mejor decisión y que de no haber sido así no estaría viviendo todo esto, si estaría mejor no lo sé pero esto es lo que hay y con esto trato de ser feliz, soy feliz.