Nunca imaginé aceptar estar en
un lugar por el simple hecho de que a simple vista me resultara atractivo,
mágico. ¿A qué viene todo esto? Bien, como el destripador vayamos por partes.
Corría la segunda mitad del 2010 cuando inicié la caótica búsqueda de una
dependencia de gobierno para liberar mi Servicio Social (SS, ajá así como las escuadras
de protección de la Alemania Nazi).
Cabe destacar que de enero a
julio de ese mismo año me desempeñé como practicante en el periódico El
Universal, periodo de gran aprendizaje pero que no podía ser tomado en cuenta
como práctica integral comprometida con la sociedad.
En fin, para no hacerles largo
el cuento, logré colocarme en el área de Comunicación Social de la Secretaría
de Turismo. Al principio y como en todo fue un proceso de adaptación del cual salí
bien librada (es más, a cinco años de eso podría decir que hasta extraño lo que
ahí hacía).
El tiempo pasó y los seis meses
se fueron como agua. ¡Bendito sea el Señor!, pensé. Nunca jamás tendré que
contar horas en grupos de cuatro, ni pensar en reposición de tiempo, ni en
reportes finales, ni en cruzar los dedos para que a la Secretaria no se le
ocurriera tener comparecencia el día de mi cumpleaños, ni redactar boletines de
prensa media hora antes de mi salida, ni nada por el estilo.
Pero la cosa no quedó ahí pues
al poco tiempo de haberme librado del SS una de mis mejores amigas, a la cual
conozco desde sexto de prepa, emprendió la búsqueda del que sería por seis meses
su cárcel.
Acto seguido y con una lista de
posibles lugares nos dimos a la tarea de acudir a la cita. Yo trataba de
echarle porras, de decirle que a pesar de todo estaba padre y no se trataba de
padecerlo. Jamás le pregunté si eso le había servido de algo. De lo que sí
estoy segura es que la pasó de lujo, bueno eso creo.
El punto es que sin querer
queriendo o con toda la alevosía del mundo fuimos a parar al Instituto Nacional
de Desarrollo Social, ahí por los rumbos de Coyoacán.
Y, es justo en esta parte donde
cobra sentido la primera parte de este texto. El lugar me pareció mágico,
tranquilo y cualquier tipo de adjetivo buena onda que se les ocurra.
Por fortuna, mi amiga, a la que
de ahora en adelante me dirigiré como M, logró colocarse en el Instituto y a
días de haber iniciado ‘los juegos del hambre’ resultó que necesitaban a
alguien más que estuviera dispuesto o necesitado, según como quiera verlo, a
iniciar el SS.
De momento M no conocía a nadie
que estuviera interesado en iniciar el proceso pero sí pensó en mí. Así que,
como ella sabía de la liberación de mi servicio preguntó si servía alguien que
fungiera como practicante. La respuesta fue sí.
Y así día con día nos reuníamos
en punto específico para emprender el vuelo hacia el Instituto y cumplir con
las cuatro horas reglamentarias que a decir verdad se nos iban como agua.
¿Cuáles eran nuestras
actividades? Bah, eso de momento no es materia para esta entrada. Confórmense
con saber que nos divertíamos por montones, que la gente ahí era muy buena
onda, nos consentían, y demás.
Por supuesto que también llegó
la promesa que a todo universitario en vías de terminar la licenciatura le
emociona sobre manera. “Cuando termines veremos la manera de que haya un lugar
para ti”, “te voy a promover para que te quedes con nosotros”, y todas sus
variantes.
En nuestro caso no fue la
excepción y aunque hubiera estado padrísimo, factores como las elecciones de
2012 mermaban un poco el proceso.
Aún así confieso que esa “promesa”
me sirvió para meter velocidad a la redacción de mi tesis. Fue algo así como, “debe
estar lista porque si entro a trabajar se me va a complicar”. Y sí, vaya que
cuando uno sirve a dos amos con uno queda mal, pero esa es otra historia.
El punto es que, como bien dice
un amigo ‘se me juntó la lavada con la planchada’. Después de algunos meses logré
ponerle punto final a la tesis, obvio no se concretó lo del trabajo en el
Instituto pero sí una chambita en otro sitio.
Y es ahí donde el “hubiera”,
esa palabreja que todos o casi todos odiamos entra en acción. No tenía ni un
mes de haber entrado a trabajar como reportera a una revista de Tecnología cuando abrí mi correo y era un mensaje de
Irmita, mi jefa en el Indesol, el cual decía que al fin y después de tanto
tiempo podía contratarme.
El tiempo de decidir entre
nieve de limón o de fresa había quedado atrás. Esto era más serio, se trataba
de mi felicidad pero también de mi futuro, si es que el futuro existe, sin
lugar a dudas era un asunto importante.
Por una parte estaba el
regresar a mi zona de confort, al lugar que por ser bonito me hacía pasar un
día agradable, al sitio en donde ya conocía a cada uno de los integrantes del
equipo, a donde mi jefa me consentía, a ese lugar donde todo podía ser rosa si
yo así lo hubiera querido.
Pero también se trataba de
renunciar al más grande de mis sueños. Desde el día uno que pisé aquella
redacción sabía que el camino no sería fácil, como no lo son la mayoría pero
que con constancia y disciplina podía lograr un buen resultado. Debo admitir
que no sabía si daría el ancho pero de haberme ido sin intentarlo no estoy
segura.
Hoy puedo decir que tomé la
mejor decisión y que de no haber sido así no estaría viviendo todo esto, si
estaría mejor no lo sé pero esto es lo que hay y con esto trato de ser feliz, soy feliz.