Semana Santa La Semana Mayor había comenzado con el conocido domingo de ramos, en donde decenas de feligreses se reunieron en el atrio de la Parroquia de la Candelaria de Tacubaya para recordar la entrada gloriosa de Jesucristo en la Ciudad de Jerusalén. Entre palmas y fieles se encontraba Fray Eleazar Bernal, quien sin importar el intenso calor de la mañana disfrutaba roseando agua a cada uno de los palmos y así con una procesión dar inicio la tradicional misa.
Sin lugar a dudas sería una larga semana, llena de emociones y sorpresas las cuales estábamos ansiosos por descubrir. Sin embargo teníamos que esperar hasta media semana para continuar con las tradicionales fiestas que realizan en este templo dominico.
La larga espera terminó el jueves y así podíamos presenciar la celebración de la cena del señor y el lavatorio de los pies. Doce personas representaron a los apóstoles, vestidos con colores claros y un par de sandalias; esperaban ansiosas el momento en que lavaran uno de sus pies. Algunos rostros irradiaban tranquilidad, una gran alegría por ser las elegidas para el lavatorio, otros en cambio se mostraban preocupados y un tanto nerviosos, quizás sentían pena o vergüenza.
A media misa, el sacerdote tomó una bandeja e hincándose frente a cada uno de los doce, dejaba caer un chorro de agua tibia y un poco de jabón espumoso; lo enjuagaba, lo secaba y con un beso representaba el gesto de humildad que Jesús había hecho años atrás. Así el pudor de los parroquianos quedaba a un lado y con una sonrisa dibujada observaban a la asamblea. Los que estábamos ahí presentes mirábamos fijamente cada paso que daba el sacerdote, escuchábamos también con atención una canción que hablaba de las enseñanzas que nos había dejado Cristo.
El jueves concluyó con la visita de las siete casas, en donde acudía gran cantidad de gente para recibir una pieza de pan, un ramo de manzanilla o una pizca de sal, todo esto como signo de la confianza puesta en el misterio de la Eucaristía. Así concluía el primer día del Triduo Pascual, regresaba a casa esperando tener algo que contar del día siguiente.
El viernes por la mañana después de desayunar, tomé mi gorra; pues el sol amenazaba con estar en su apogeo, unos cómodos tenis y unos jeans serían mis compañeros durante el largo vía crucis que estaría dispuesta a recorrer; cogí mi botella de agua y salí rumbo a La Cande, al llegar ahí, un gran número de personas esperaban el momento en que comenzaría el tradicional recorrido de Jesús al calvario, lugar donde sería clavado en una enorme cruz de madera para resucitar al tercer día.
Cuatro hombres llevaban en hombros, la imagen del Nazareno quien vestía un manto color púrpura, cuya corona de espinas provocaba un gran chorro de sangre que corría por su rostro; su pesada cruz hacía que se doblara y parecía que en cualquier momento las piernas se le quebrarían. Atrás venía su madre, pálida al imaginar cuál sería el final y peor aún; triste y sin esperanzas pues la suerte estaba echada y no había vuelta atrás.
La multitud caminaba, entre cantos y rezos se detenían delante de cada una de las catorce estaciones en donde un pequeño altar decorado con flores, velas y adornos morados con blanco recordaban el gran pesar que el Mesías sintió al cumplir la voluntad del padre.
El recorrido fue largo, comenzó por la Avenida Revolución, en donde un séquito de policías nos ayudaba con el tránsito vehicular. Los conductores observaban fijamente cada uno de nuestros movimientos. Los fuertes rayos del sol parecían estar en nuestra contra pero después de unos minutos las nubes esponjosas como la nieve hicieron acto de presencia, situación que nos alentaba a continuar con el camino; minutos después estábamos en Av. Patriotismo, más tarde tomamos por ruta Benjamín Franklin para finalmente regresar al punto de inicio.
Era la duodécima estación cuando Jesús murió en la cruz, unos minutos de silencio fueron necesarios para reflexionar acerca del sacrificio que el hijo de Dios hiciera para la salvación de los hombres.
Lágrimas corrían por los ojos de doña María, una ancianita de unos 85 años que apenas podía caminar con la ayuda de su bastón.
Al regresar a la parroquia, el sacerdote nos extendía la invitación para participar en las siguientes actividades del día, en donde entrada la noche, se llevaría a cabo la tradicional procesión del silencio el momento más sublime que haya presenciado.
La Semana Mayor estaba por concluir, unas cuantas misas más y estaríamos librados, como buenos cristianos habríamos cumplido con el tiempo litúrgico, quizás tendremos tiempo para disfrutar de nuestras vacaciones fuera de la iglesia. Mi curiosidad por saber qué era la famosa procesión del silencio me hizo regresar en la noche, estaba un poco cansada sin embargo decidí emprender de nuevo el recorrido de la mañana, una señora me regaló una vela que se supone debía llevar encendida durante todo el peregrinar.
Unos hombres caracterizados de guardias romanos con tambor en mano, encabezaban la marcha, un grupo de mujeres con túnicas de colores y una antorcha encendida, caminaban sin parpadear y así detrás de ellos aparecía el cuerpo muerto del Nazareno, en una caja de madera y cristal; ocho hombres lo cargaban, su mamá lo seguía; con la cara pálida hacía que su vestido color púrpura se viera aún más encendido.
Y ahí se encontraban los frailes, serios en momento de oración y también de reflexión; eran cuatro y todos portaban el clásico habito color blanco, su capa negra como la noche volaba con el aire; situación que los hacía ver extraños.
Era una noche diferente, el ruido de los tambores causaba escalofríos, miedo e incertidumbre; las calles oscuras iluminadas por flama de las velas creaban un verdadero velorio. Todos callados, sin murmuran seguíamos el camino. Un grupo de jóvenes organizaban a las personas que habrían de cargar las imágenes y las antorchas.
Después de un par de horas regresábamos, éramos cientos de personas unidas bajo un mismo grito silenciado: la fe. Ahora sólo teníamos que esperar la resurrección del señor, para poder continuar con la Pascua.
Al día siguiente se llevaría a cabo la liturgia Pascual, tal vez regresaría para concluir la Semana Santa.
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